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Yo Poeta Declaro: Óscar Aguado

                                                         

Nací la Nochebuena del 77. Después de haberme puesto mi mejor traje en el vientre de mi madre me calé el sombrero y salí a la aventura.

Mi primer libro se llamaba “El arco iris de un anticuario” y era como su nombre indica un arco iris de mis desavenencias con la vida que recién encontraba. Después vino “Yo fui el negro que escribió la biblia” un premio con el nombre de un buen poeta llamado José Hierro. Este libro como un segundo tomo de una enciclopedia comenzaba a dirigir mis pasos hacia una poesía de género (casi cinematográfica) pero también de autor.

En Córdoba sale a la luz de la “Corredera” mi poemario de amor “El corazón más feo del mundo” que enhebra mi lactancia poética con la rebelde conspiración de mis adentros. Al poco aparece “Barro” un poema río que desemboca en lo que llamaría el poemario épico “Canción de cuna para un héroe”. Éste, escrito en Gran Canaria soporta la parte lírica de una batalla entre dos ejércitos cuando la guerra y el amor van de la mano.

Sin tiempo para pensar en nada –en una huída a Barcelona– sale “La habitación del extranjero”, mi poemario más próximo al “realismo sucio”; el héroe se convierte en extranjero y el lirismo se mancha de vino y ceniza.

“Las últimas palabras de Harpo” es un poemario epistolar ilustrado que nace de los amigos que la soledad nos trae. Se escribe en “El Rabal” y se corrige en Teruel.

Con “Los animales han llegado”, en León, también llega el poeta social en la época en el que el amor se vive con más fuerza y por lo tanto no necesita ser escrito.

Carso Waters escribe un Wéstern con “Traducción de los perros de Omaha”. Y pierde de vista a Óscar Aguado por un tiempo; algo necesario hasta que llega a Toledo y puede mirar su pasado escribiendo “El falso llano”. Su poemario del amor perdido. Su final y su principio. Su manera de nacer de nuevo. Con heridas en la piel que ya casi nadie recuerda. Con diez poemarios en su mochila, preparados para saltar a la hoguera. Y que las cenizas de esos versos se posen sobre la mar. Así.

                                                                                                 

             

Dos poemas de ÓSCAR AGUADO:

                        

                        

«Y ocurrió que quienes tenían voz para expresar la esperanza de los adormecidos rebuscaron entre las piedras para encontrar de nuevo el vocablo preciso, la frase acertada, el redoble de conciencia... Nuevos bardos recordaron que su oficio consistía en importunar con la solicitud de quien no se resigna a ser mendigo, en el tono bronco de quien sabe exigir lo que le corresponde» (Carlos Álvarez)