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... Y LA PALABRA SE HIZO MÚSICA - I

Durante los años cincuenta en España, los creadores de la llamada "poesía social" –Celaya, Otero o Ángela Figuera, por ejemplo– tuvieron que asumir tres grandes retos culturales -y, a la vez, políticos- imprescindibles para salvaguardar su identidad, e incluso su propia subsistencia.

En primer lugar, romper con los silencios; sobre todo con los impuestos por la dictadura y por el zarpazo de la censura.

En segundo lugar, inyectarles un aire nuevo a sus creaciones, un aire aún más directo, popular y comprometido; reto que Blas de Otero concretó magistralmente en su poema "Canto primero": 

«Definitivamente, cantaré para el hombre. / [...] Yo os traigo un alba, hermanos. Surto un agua... / Salid a ver. Venid, bebed. Dejadme / que os unja de agua y luz, bajo la carne.»

Y en tercer lugar, como consecuencia de los retos anteriores, resultaba imprescindible y urgente encontrar los cauces necesarios para que sus poemas llegaran realmente a lo que ellos mismos llamaron la "inmensa mayoría". Era evidente que la "poesía social" carecía de sentido alejada del pueblo en el que tenía su origen y hacia el que generosa y solidariamente deseaba y necesitaba dirigirse. Los creadores, a través de sus poemas, se habían convertido, por vocación, por convencimiento y hasta por militancia política, en intérpretes de los sentimientos colectivos; en cronistas de los suspiros, de los latidos, de los desgarros y de las aspiraciones populares –es decir, de la "gente" sencilla–; y, en consecuencia, en apasionados defensores de los derechos humanos; posicionamiento que corría el riesgo de convertirse en algo inútil, si sus obras se veían obligadas a sobrevivir en los libros –o en las librerías– al margen del pueblo del que habían surgido y para quién habían sido creadas.

Ante esta realidad, el objetivo que debían afrontar los poetas sociales era muy claro: rescatar la poesía para conseguir que llegara a la "inmensa mayoría": o sea, sacarla directamente a la calle, que es de donde surge y donde mejor podemos encontrarnos con ella. Federico García Lorca lo tenía muy claro y lo manifestó en estas palabras: «La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas […]. Puede estar esperándonos en el agua de una fuente, subida en la flor de un olivo o puesta a secar en la tela blanca de una azotea».

Años después, en 1967, Frances Pi de la Serra –cantautor catalán–, retomando el tema de "la poesía, los libros y la calle", compuso una de sus más conocidas y geniales canciones titulada precisamente "La poesía": «La poesia ha de sortir al carrer i agafar el tramvia amn cara de son [...]. / La poesia convertida en lletra d'mpremta es fa vella massa d'hora . / Ha de sortir dels llibresn i fer niu a l'orella de la gent...» // «La poesia tiene que salir a la calle y tomar el trambia con cada sueño [...] / La poesia convertida en letra de imprenta envejece demasiado pronto [...]. / Debe salir de los libros y andae en la oreja de la gente...»

Centrado el objetivo, o sea, que la poesía pudiera llegar realmente al mayor número posible de personas –"sobre todo a las que se sentían obligadas a vivir desarraigadas y sin más destino que apuntalar sus ruinas" (Blas de Otero)–, el problema se concretaba en cómo conseguirlo afrontando la situación represiva de la época. Problema que Celaya y Blas de Otero abordaron directamente con su acostumbrada lucidez:

«Los recursos técnicos y en especial la posibilidad de hacer audibles y no sólo legibles nuestros versos –dijo Gabrielson sumamente importantes y están llamados a revolucionar una literatura que venimos concibiendo desde el Renacimiento bajo el signo de la imprenta, que es como decir de la lectura a solas […] ¡Cantemos como quien respira!». Otero se unió a ese pensamiento y afirmó: «El disco, la cinta magnetofónica, la guitarra o la radio y la televisión pueden –podrían: y más la voz directa– rescatar el verso de la galera de los libros».

En realidad, con sus reflexiones, tanto Celaya, como Otero estaban proponiendo y reivindicando el renacimiento, en pleno siglo xx, de un nuevo "Mester de Juglaría" actualizado y enriquecido poética y musicalmente gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación. Reivindicación que, a mediados de los años cincuenta, dio lugar, por toda España, a la presencia de nuevos y numerosos juglares y trovadores –se les llamó entonces "cantautores"–, que –como Paco Ibáñez, por ejemplo– se plantearon la liberación de la poesía social como uno de los objetivos centrales e importantes de su trabajo artístico y de su compromiso personal. Hombres y mujeres que a fuerza de música, de voces y de guitarras –es decir, con sus canciones– empezaron a sacar a los poetas a la calle y a reivindicar, con ellos, la libertad y los derechos humanos.

FERNANDO G. LUCINI

 

«Y ocurrió que quienes tenían voz para expresar la esperanza de los adormecidos rebuscaron entre las piedras para encontrar de nuevo el vocablo preciso, la frase acertada, el redoble de conciencia... Nuevos bardos recordaron que su oficio consistía en importunar con la solicitud de quien no se resigna a ser mendigo, en el tono bronco de quien sabe exigir lo que le corresponde» (Carlos Álvarez)